Yo también tengo miedo

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Al menos 5 de las mujeres con las que he hablado en los últimos días me han expresado que sienten miedo. Lo que ocurrió con Angélica Gutiérrez fue tan atroz que, aunque yo no se los haya dicho a ellas, debo confesar que yo también tengo miedo.

Y tengo miedo no sólo por los potenciales asesinos. Hablo también por todos quienes son sus cómplices.

Me da miedo que la justicia saque de las cárceles a quienes deben quedarse allí.

Me da miedo que la salud mental de mucha gente no sea evaluada.

Me da miedo sentir miedo.

Me dan miedo la bulla y los comentarios hostiles en redes sociales.

Ni hablar de la morbosidad de muchos. 

Se lo confieso ahora a alguien cercano y me dice que no tenga miedo, porque “al fin y al cabo no soy mujer”. Ese comentario me da miedo.

Y, sobre todo, me produce una tremenda tristeza.

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Joshua Ledet, el nuevo gigante del soul

Este tipo se llama Joshua Ledet. Para mí es una mezcla entre Al Green, Sam Cooke y James Brown. Sin embargo, debo confesar, nunca había escuchado algo así. Tiene menos de 20 años, pero parece que lleva 50 años interpretando como los más grandes. Es único. Me conmovió esta presentación como muy pocas me sucede. Es impresionante lo que produce escuchar y ver a este tipo. Pese a que compite en esta temporada de American Idol con otra monstruosa voz como la de Jessica Sánchez, este man debe ganar por lejos este programa.

 

De todos a los que mencioné, a quien más recuerda Joshua es a Al Green.

Esta presentación fantástica del grande Albert Green (1946), un malabarista con su áspera y mágica voz, la recordé cuando escuché por vez primera a Joshua.

Esto sucede muchas veces (a casi todos los hombres del planeta)

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Es un sábado por la tarde y tu novia te llama al celular con un tono de “estoy triste, cumple lo que pido y ¡cállate!”, y te dice que está aburrida, que está algo bajita de nota. Ella disminuye el tono de su voz y te expresa con esa vocecita a lo Thalia en plena balada: “mi amor, consiénteme. ¿Podemos ir de shopping hoy?”.

Lógicamente tú la regañas, le dices que no es momento de gastar dinero, bla, bla, bla, bla.

Y ahí, cuando creías que se iba a arrepentir por ser tan caprichosa, va de nuevo con la voz thaliana y te expresa una oración que tú detestas tanto como acompañarla a ver en la tele un desfile en Fashion TV mientras juega Barcelona a esa hora:

-Chiquito, es que abrí el clóset y me di cuenta que no tengo ropa.

Tú sabes que la quieres matar en ese momento, pero ajá, como buen cobarde, te haces el loco y sólo logras ponerte “firme” y decirle que ¡NOOOOOOOOOO!

¿Qué terminó pasando?

2 horas después de esta conversación se encontraron en el centro comercial más caro de todos.

Mientras ella entraba a un almacén de ropa francesa e iba acumulando ropa para probarse (y tú esperando que todo le quedara mal), a ti se venía a la mente algo que tiene que ver uno de los principales mandamientos no escritos de cualquier pareja de novios: “si yo te gasto, me dejas hacerte lo que quiera”.

Efectivamente, llegó la noche, estaban las bolsas en mano y tú con 2.000 pesos en la billetera.

Le dices a ella antes de subir al auto:

-Preciosa, ahora consiénteme tú a mí. Vamos a mi casa, ¿sí?

Ella acepta porque no le queda de otra. 

Llegan a la casa, ya tú estás con la cara de estúpido lujurioso pero la cambias bruscamente cuando recuerdas que te quedaste sin los condones DÚO.

Al frente hay una droguería, pero no confías en que sean condones originales. Te atormentas. Si ya te quedaste sin plata por comprar ropa, imagínate si tienes un bebé en camino. Ni lo piensas.

Le dices a tu novia que te espere y vas rápidamente al mismo centro comercial para conseguir los DÚO originales. Los encontraste finalmente. Estás feliz. Sabes que viene tu pago. El que mereces. Hmm, pero se te olvidó algo: sólo tienes 2.000 miserables pesos en la billetera.

¡¡¡@&%#@&%#…!!!

15 años de vida y muerte del Festival de Música del Caribe, la rumba más grande de Cartagena

Quince años duró y quince años se cumplen sin realizarse. Los más veteranos dicen que “fue la rumba más grande de la ciudad”, otros más jóvenes, menores de 50, cuentan que “el Festival les marcó sus gustos musicales”; mientras que los que según su cédula nacen de 198… para acá, recuerdan que les contaron que fue un muy buen evento, pero no tienen ni idea de que acá estuvieron Freddy McGregor y Mbilia Blel, dos de las principales estrellas musicales del Gran Caribe.

Para Alfonso Morales, cartagenero de 64 años, quien haya vivido el Festival de Música del Caribe tiene que recordar lo siguiente:

-Haber trasnochado días seguidos, sin importar que hubiese clases o trabajo de por medio.

-Saber qué dice la letra después del coro “¡Sí, sí, Colombia…Sí, sí, Caribe!” himno del Festival que compuso Francisco Zumaqué.

-Haber bailado -sin tener ni idea que música era o qué decían las letras- a Arrows y a Jimmy Cliff.

-Escuchar “Zangalewa” y acordarse inmediatamente de la Plaza de Toros repleta de gente bailando a lo africano.

Emergen los recuerdos y también las preguntas: ¿Cómo nació el Festival de Música del Caribe? ¿Por qué dejo de hacerse? ¿Será que se puede revivir esa fiesta cultural, para muchos la mejor de todas que ha nacido en la ciudad?

***

Antonio ‘El Mono’ Escobar y Paco de Onís, cartagenero y neoyorquino hijo de españoles, respectivamente, se conocieron en Cartagena luego de haber viajado por el mundo recorriendo festivales de música y alimentando sus almas hippies.

Ellos dos junto con Amaury Muñoz y Rafael Martínez se reunían con frecuencia en el bar-restaurante Paco See Food, instalado por Paco en El Laguito.

-Luego de que cerraban el bar departíamos hasta la madrugada en la casa de Paco por allá en la calle La Factoría. En toda la esquina vivía Alejandro Obregón. “Hombre, Alejandro, vente pa’ acá”, le decíamos. Formamos un grupo espectacular. Pura bohemia.

“Las parrandas de Onís y Escobar se acompañaban de un equipo de sonido y un casette que contenía sones jíbaros, música panameña, de Haití, dominicana y puertorriqueña, porro colombiano… ritmos del Caribe en general”, cuenta Rafael Martínez, participante habitual de ese selecto conjunto de tipos melómanos.

En una de esas inolvidables charlas, justo en 1981, surgió la iniciativa de crear un evento musical lo suficientemente grande, como el de Viña del Mar en Chile.

A Paco de Onís le vino la idea como una revelación:

-“Hagamos un festival de música, ‘Mono’”.

-¡Seguro!, pero que sea de música del Caribe, respondió vehementemente Antonio.

Así fue como Paco de Onís se comprometió a contactar los grupos de los países costeros, el ‘Mono’ a organizar la inmensa rumba, mientras que el maestro Obregón, a lo lejos de la calle y con su voz estentórea, dijo:

-¡Yo hago el afiche!

Al cabo de unos meses ya estaba listo ‘El nacimiento del coco Caribe, una nueva vida bajo una noche de luna de llena’, el 1º afiche del Festival de Música del Caribe, pintado por nada más ni nada menos que por Obregón.

Pasaron unos meses hasta que llegó el místico marzo de 1982. Con un lleno total en la Plaza de la Serrezuela, y con la presencia de McGregor, empezaron a escucharse por primera vez según melómanos como Rafael Martínez y Emery Barrios, el reggae, el calypso y el soukous en Cartagena.

La Plaza, además, estaba adornada de trencitas con cuencas de colores, atuendos y peinados exóticos, caderas alegres y anchas. “Era una fiesta multicolor”, cuenta Moisés Díaz mientras transita por el ya cerrado Circo-Teatro de la Serrezuela.

Además de haber traído a géneros que nunca se habían escuchado en vivo en la ciudad, “el primer Festival también se recuerda porque desde entonces las palenqueras empezaron a hacer trencitas como negocio”, dice entre sonrisas ‘El Mono’.

Rafael Martínez recuerda otro hecho muy particular que tuvo en sus primeras ediciones el Festival de Música del Caribe: “venía mucha gente de Canadá, Estados Unidos y países de Europa a los conciertos. ¿Por qué? Fácil: allá las entradas costaban más de mil dólares, acá valían en sus inicios 3 mil pesos”.

Sin embargo, ‘El Mono’ Escobar cuenta que la Serrezuela en su primera noche no tenía mucha asistencia: Era un aposento casi vacío.  La gente de San Diego, Lemaitre y Olaya decía que ésta era una fiesta elitista; y los de Bocagrande y Castillogrande decían que ésta era una vaina ‘champetúa’. “Esto se fue desvirtuando en los días posteriores y todos empezaron a venir masivamente”.

Los países que dijeron sí a esa primera cita musical fueron: Haití, con Compagne Folklore; Costa Rica, con Gaviota; Martinica, con Beli’s Combo; Islas Vírgenes, con Milo y The Sing Land Maico Jumbies; Jamaica, con Freddy MacGregor; Panamá, con el Ballet Folclórico Nacional; Tommy Olivencia y su orquesta, por Puerto Rico; Republica Dominicana, con su Ballet Folclórico Nacional.

“El Festival nos reveló que estamos más cerca de Jaimaica que de Perú”: Emery Barrios

El Festival con el tiempo fue cogiendo mucha fuerza. En su cuarto año, en 1985, se tuvo que trasladar a la Plaza de Toros para que pudieran caber alrededor 15.000 personas en los cuatro días de rumba.

Y fue precisamente en la Plaza de Toros donde se hizo a conocer el famoso coro que hasta los más jóvenes hoy recuerdan:

“¡Sí, sí, Colombia…Sí, sí, Caribe!” Sí, ése: la canción del Festival de Música del Caribe. Su himno. Quizás también el himno del país, porque se recuerda que este tema que compuso el maestro Francisco Zumaqué se usó para promover el turismo en Colombia y fue el que promocionó durante muchos años los partidos de la Selección Nacional.

Desde la cuarta versión empezó la Gran Parada Musical. Ésta consistía en un desfile de carrozas por toda la Avenida Santander que realizaban los diferentes grupos que participaban en el festival.
Además, empezó a hacerse el Sanchocodromo, en donde se exponía toda la diversidad gastronómica del Caribe.

“El Festival fue tomando, por sí mismo, un nuevo objetivo, uno más ambicioso y que logró cumplir por un tiempo: festejar y unir en un solo espacio toda la cultura de los países caribeños. Dejó de convertirse en un festival sólo de música para transformarse en un evento puente entre las culturas de decenas de territorios separados geográficamente”, expresa Emery Barrios.

Emery cuenta además que el Festival nos reveló a los cartageneros que “estamos más cerca de Jamaica y Haití, culturalmente, que de la gente de Perú o Bolivia. Nos dimos cuenta que Los sonidos de allá se parecían a los de acá. “¡Guau! Esto suena a Pacho Rada, Lucho Bermúdez, nos decíamos entre nosotros”.

En sus quince años, a Cartagena vinieron agrupaciones como Freddy Mcgregor, Arrow, Cupe Clue, Daikiri, Son 14, La Original de Manzanillo, La Familia André, Roberto Angleró, La New York Band, La Dominicana Fefita, Henry Fiol, Israel Cachao, Hemalagua y los más importante de Mamá Africa, así como otros a nivel internacional y las mejores orquestas que para la fecha son importantes en el país.

“Mucha gente me pedía a La Fania, Celia Cruz. Yo siempre decía: “esto no es un concierto, es un evento cultural”, dice ‘El Mono’ mientras se lleva un café a la mano.

Y la fiesta se apagó

Llegaron los 90’s y la industria musical cambió. Ya los artistas no venían gratis como antes. Antes se les pagaba el pasaje, hotel y listo. ¡A tocar, señores! Ahora la cosa había cambiado y por ello empezaron a incumplirse muchas de las promesas musicales de la época.

Por ejemplo, en una de las últimas versiones, las agrupaciones que se habían prometido en cartelera, Los Betos y el Grupo Krosfyon de Barbados no se presentaron. En su lugar se presentó la Orquesta Macambita de Miami. La gente se decepcionó. Además, el sonido bajó de calidad.

Años anteriores, cuando ya se preveía el declive, los organizadores buscaban estrategias a lo loco. Una de ellas fue que entraran dos personas con un solo boleto. El Festival siguió, pero ya no era lo mismo. “Resistió ante la mala administración, a la oposición de algunos sectores, pero lo que no iba a resistir era a la indiferencia de la gente”, comenta Rafael Martínez.

“Cuando esperábamos a 10 mil y llegaban 2 mil personas, nos dimos cuenta que ya no íbamos a poder más”, comenta ‘El Mono’ con un dejo de nostalgia”. Le da paso al silencio y luego agrega: “El Festival duró con mucho amor, magia y religión todos esos tres quinquenios”.

Para Emery el Festival duró 15 años por el romanticismo de unos estupendos trabajadores, pero por el mismo romanticismo murió. “No se pensó como empresa. Ahí estuvo el pecado”.

“Creo que debe el ser único Festival de esa magnitud que lo manejaban tan pocas personas y duró tanto tiempo. Hubo una paradoja tremenda: su administración hizo que fuese un éxito, pero también fue haciendo todo lo posible que se acabara”, opina Rafael.

El legado del Festival

Para Paco de Onís, el Festival no era de estrellas, ni de grupos famosos; buscaba, por el contrario, hacer conocer a los grupos que comenzaban.

Rafael Martínez reconoce en esa forma de pensar el Festival de Música del Caribe, uno de sus principales logros: “ser incluyentes, dinamizar expresiones culturales y no ser puentes de artistas ya reconocidos”.

Otro de los legados que dejó esta “rumba de dioses”, como la llamó ‘El Mono’ Escobar, fue que la memoria musical de la generación setentera y ochentera en la ciudad sepa lo que es el reggae, calypso, ska, mento, bomba, rumba congolesa, son y muchos géneros más, tal como cuenta el investigador cultural Ricardo Chica.

Entretanto Emery Barrios comenta que el Festival logró oxigenar a la música colombiana. Por ejemplo, Joe Arroyo, uno de los mejores artistas colombianos de todos los tiempos, recibió esa influencia de sonidos de países insulares. Sólo hace falta escuchar Musa Original, una entre decenas de canciones, cuyo ritmo proviene de Haití.

¿Un nuevo Festival de Música del Caribe?

El empresario Ángel Thorrens y el periodista Manuel Lozano se encuentran trabajando, desde hace ocho años, en lo que sería una reedición del Festival de Música del Caribe, aunque Lozano aclara que “será distinto porque la industria musical y las audiencias han cambiado muchísimo”.

Se llamará el Festival Cartagena World Music, la cual pertenece a la Fundación Cultural Cartagena World Music, y Lozano y Thorrens comentan que no sólo abarcará música de los países del Caribe sino que también habrá jazz, electrónica, entre otros estilos musicales.

“A finales del año pasado realizamos conversatorios alrededor de la industria cultural en Cartagena y la Región Caribe, colaboramos en el concierto de Rubén Blades y Calle 13 que -por factores externos que no nos correspondía a nosotros- no pudo realizarse. Sabemos que ya hemos anunciado varias veces el lanzamiento del Festival, pero falta muy poco. Falta concretar lo más importante.

¿Qué falta?

El escenario. En Cartagena no hay ahora mismo un escenario apto para el Festival popular que queremos hacer. En el Centro de Convenciones caben 4 mil personas y eso haría que las entradas estuvieran a un precio muy elevado. Queremos que cualquier persona pueda ir. Hay que pagar por entrar, sí, pero no un precio exagerado.

¿Cuál es el escenario ideal?

La Plaza de Toros, pero nos informaron que este año es imposible usarla porque hay que arreglarla en varios sectores.

¿Y el estadio Jaime Morón?

Es un gran escenario. Estamos gestionando para elegir al mejor de todos y éste es una de las principales opciones. Pero toca esperar que finalice el Mundial Sub-20.

¿Qué quieren con este Festival?

Queremos mostrar qué está pasando con la salsa, qué pasó con el merengue dominicano, qué está sucediendo con el reggaetón, con el reggae, la bomba, con el folclor de las islas del Caribe, cómo están organizados y capacitados los artistas para asumir de manera profesional los proyectos musicales; y qué está pasando con nuestra música. Por ello habrá intervenciones académicas en las universidades y talleres de música. Será algo muy grande.

¿Cómo se financiará?

Con el apoyo de personas y entidades que piensen y estén convencidas de que se puede hacer empresa a partir de la cultura; y en especial, de la industria musical. Hay dos componentes para la financiación: la primera es la gestión ante entidades públicas y privadas que permitan que la parte cultural y teórica sea posible en un buen nivel y que vaya acorde con los objetivos de la Fundación.

Si se realiza finalmente este año, ¿qué artistas vendrían?

Vendría Daiquirí. Por supuesto que estarían varios artistas locales, de Cuba y de África. Tendremos además algunas sorpresas muy especiales.

¿Cómo cuáles?

La Orquesta Cartagena Caribe Big Band, por un lado, y la Orquesta Sinfónica de Comfenalco, presentarán un homenaje al Joe Arroyo.

Martín Guerrero y Alfredo de Ávila son dos señores cartageneros que caminan en el Centro como si fuera el patio de su casa. Son dos jóvenes de la tercera de edad que vivieron, pero sobre todo, disfrutaron el Festival de Música del Caribe.

¿Saben que quieren sacar una versión más moderna del Festival este año?

No.

¿Qué piensan al respecto?

Es difícil, porque hay que enamorar los jóvenes de ahora. Antes las emisoras ponían temas musicales Caribe, ahora no.

En las calles del Centro ahora hay más hoteles boutique, y otras cosas más que terminan en ick, que almacenes con dueños cartageneros. Es la ciudad histórica que ahora se ha ido cosmopolitizando. Es la ciudad que vivió 15 años con decenas y decenas de ritmos de todas partes del Caribe y que ahora parece convivir con sólo tres: reggaetón, champeta y vallenato.

¿Cartagena tiene memoria musical? ¿Se puede incentivar a escuchar a los jóvenes otros géneros? “Sólo por el hecho de intentar responder esas preguntas, valdría la pena ilusionarse con el Festival Cartagena World Music”, dice Rafael Martínez.

¿Ficción?

El hecho ocurrió en Plaza de la Paz durante la protesta de ciudadanos por la instalación de un café Juan Valdez al lado de la Torre del Reloj, patrimonio de Cartagena. Sucedió exactamente a las 4:12 de la tarde.

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Esta foto pertenece al diario El Heraldo

Un periodista, con grabadora en mano, se acerca a uno de los jóvenes que alza una pancarta en la que aparece la siguiente frase: “No hay Campo para todos. Sólo hay Campo para Juan Valdez y Hyundai”.

¿Está usted defraudado del alcalde de Cartagena? – pregunta con tono bajo el periodista.

-No, yo me esperaba esto, por eso ya tenía listas decenas de pancartas desde que supe que había ganado – responde el ciudadano indignado.

¿Qué otra pancarta, por ejemplo, ya ha hecho? – contrapregunta el comunicador.

-“Saquen los carros Hyundai de las plazas de Cartagena”. “Quiten las vallas publicitarias en el Castillo San Felipe”.

El periodista se queda callado y le da fuertemente la mano al joven. No pregunta más ni le pide el nombre al muchacho. No sacará la nota para el programa de radio en el que trabaja. No puede. Ya había vendido su alma.